Nunca vi la caja, pero recuerdo bien todo lo que tenía adentro porque mi hermana me lo describió con detalles. La vio mi mamá llegando a la casa y la escondió rápidamente para que no la encontráramos, pero después llamó a Mari y se la mostró. Mari siempre fue su confidente. Entre las dos concluyeron que era una brujería de la señora con la que se había ido mi papá. Mi mamá está convencida de que por eso se fue: porque le hicieron “un trabajito”. Siempre se ha negado a otra explicación. En el fondo había arena y encima el perro muerto con las patas hacia arriba las tenía atadas con listones rojos. Alrededor había ajos, costalitos de moños amarillos y estampitas de santos.
Para saber cómo proceder evitando algún perjuicio mi mamá indagó por
teléfono con cuanta gente pudo. Siempre
resolvía sus asuntos por teléfono, de ese modo me enteré de muchas cosas que no
quería que supiéramos, como esto de que había aparecido esa caja a la entrada
de mi casa. Hablaba con una amiga y luego con otra explicando en cada ocasión
toda la circunstancia. A la segunda le
decía lo que la primera le había dicho y le pedía su opinión. Luego llamaba a una tercera y hacía la misma
cosa corrigiendo y aumentando. La oía
que repetía recetas anti-hechicerías y sugerencias mágicas por toda su cartera
de amistades y de paso se enteraba de otros chismes que también iba repartiendo
entre todo su repertorio de amigas, el cual siempre ha sido bastante amplio. Al final, cuando yo creía que me había
quedado claro el procedimiento completo de inicio a fin, veía a mi mamá
despreocupada haciendo algo completamente distinto a lo acordado en su club de
amistades, y entonces me pasaba semanas en vela con el pánico de que el
fantasma del perro vendría a provocarme el mal de ojo que habían augurado y cuyo
perjuicio debió haber quedado eliminado de tajo por el cumplimiento, a pie
juntillas, de cada uno de los pasos a seguir con rigurosa solemnidad.
Mandó a traer al intendente de su escuela y le dijo que quemara al perro
con todo y caja en el inmenso lote baldío que se hallaba atrás de la casa. Por semanas, en mi camino a la escuela,
busqué la caja con el cadáver de perro esperando hallar evidencias
espeluznantes calcinadas, pero jamás encontré nada. Un día, meses después, iba cruzando el lote
con Mari de regreso a la casa cuando encontramos un perro negro sin ojos, con
el pelo chichinado, que parecía hueco por dentro. Me detuve para inspeccionarlo de cerca y lo
toqué con el pie segura de que no se movería, pero estaba tieso y fácilmente giró
haciendo volar un montón de moscas, lo cual nos asustó a las dos. Mi hermana, con el tonito de mando
intolerante que empleaba en estas ocasiones, me indicó que dejara eso. Reemprendimos nuestra marcha y le dije que
seguro se trataba de aquel perro ¿no? Su
respuesta era la predecible: “¿Qué perro?”.
Resultó inútil tratar de que recuperara la memoria. Olvidar o negar los acontecimientos es su
modo de superarlos.
El día que quemaron al perro, por indicaciones de mi madre el intendente
lo empapó de gasolina. Se hizo una
tremenda quemazón. La gran columna de
humo negro se veía desde la azotea de mi casa, a donde yo me pasaba gran parte
de las tardes espiando en perspectiva aérea a los niños que jugaban en el
parque. Mis hermanos y yo no estábamos
autorizados para salir cuando ella no estaba, lo cual era todas las
tardes. Algunos aullidos de perros se
dejaron oír en las azoteas de los vecinos cercanos. Contra mi costumbre, esa noche recé con
vehemencia.
Luego mi mamá trajo un jarro, lo llenó de agua y nos instruyó para que en
las tardes a la misma hora gritáramos muchas veces a su boca: “¡Papá,
regresa!”. Fuerte, con ganas de que de
veras nos oyera. Lo puso en su recámara
del lado de la cama donde él dormía y frente a una foto que había sobre el buró
no sé si desde siempre o a partir de la llegada del jarro. Aparecía él con botas de obrero, usando uno
de los cascos metálicos con los que visitaba las obras, con la intención
fingida de trepar al asiento del operador de una revolvedora de concreto. Al fondo unas naves industriales en
construcción se encontraban flanqueadas por toneladas de cemento y grandes
cantidades de varillas.
Me gustaba mi papá porque era muy guapo y la sonrisa que mostraba en las
fotos daba la idea de un hombre confiado y emprendedor. Hincada junto al jarro
me pasaba tardes enteras contemplando la imagen como cuando estudias
detalladamente en una revista la foto de algún galán que nunca sabrá de tu
existencia.
“¿Ya llamaron a su papá?”, nos
preguntaba mi madre al llegar de la escuela. Le contestábamos que sí pero
intercambiábamos miradas cómplices. No
sé a mis hermanos, pero a mí me chocaba hacer esa ridiculez. Beto era el que siempre se iba a gritar al
jarro. Pobrecito, estaba muy chiquito y francamente
creía que con eso mi papá iba a regresar.
Lo horrible era oírla a ella cuando se metía en su cuarto, no cerraba
bien la puerta, y se ponía a llamar a mi papá en el jarro: “¡Adalbertooo! ¡Adalbertooo!”. Sus gritos eran verdaderamente
espeluznantes. El agua dentro del barro
provocaba un eco aterrador que te ponía chinita la piel.
Con los meses los gritos se fueron espaciando hasta que un buen día el
jarro se rompió. Entonces trajo otro más
grande y panzón y lo llenó de agua bendita por sugerencia de alguna amiga. Esa agua reactivó su fé y la mía. Ahora ella gritaba a diario y yo me pasaba
muchas tardes observando las sombras que se formaban en la superficie del agua,
tratando de ver a mi papá, al futuro o a alguna cosa.
En diciembre mi mamá dejó sus viajes a la Iglesia del Carmen con su
jarrafa por agua bendita. Cuando se
deshizo del segundo jarro se dio cuenta que el agua había estado trasminando
por el barro hasta el piso a través de la alfombra. La mancha de sarro provocó una verdadera
revolución en mi casa. Mi mamá decidió
cambiar de lugar los muebles, pintar las paredes, retapizar la sala, comprar
una lavadora y cortarle el primer peldaño a la escalera marina que subía a la
azotea para evitar que mi hermanito imitara mis excursiones. A esa primera remodelación siguieron muchas
otras, y conforme la versión de mi casa fue transformándose hasta desdibujarse
por completo de la original en mi recuerdo infantil, mi preocupación porque mi
padre la desconociera al regresar terminó por desaparecer.

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