miércoles, 13 de agosto de 2014

Sangrar sus heridas

Unknown

Tenía todas las uñas cortadas al ras y le latían las puntas de los dedos.  Se arrancó las postizas que apenas el fin de semana le habían puesto usando ora la punta de un cúter, ora una lima, ora los dientes.  En partes quedaban pedazos de acrílico.  Le daban vergüenza.  Hablaba con los puños o con las manos en las bolsas del saco o en las mangas de los brazos contrarios, según.  Al corregir, señalaba los renglones con el auxilio de un bolígrafo para evitar que el estudiante en turno junto a ella en su escritorio viera el desastre en sus manos.  De repente le enojó un detalle en el ensayo y azotó la mano derecha gritando “¿por qué la pusiste así?  ¡Ya les expliqué que las citas textuales se indican entre comillas!”.  De inmediato volvió a cerrar el puño pues las puntas le dolieron al tiempo que él gritó “ay” y se apretó juntando fuertemente entre ellos los dedos de la derecha con la mano izquierda.  “¿Lo sentiste?”, preguntó ella con la misma cascada que habría invadido su cuerpo si él tratase de poseerla.  “¡Sí! ¿Qué hizo?”, exigió él demandante con cara dolorida.  La profesora extendió la mano derecha que había lastimado y se la mostró a su estudiante.  Entre las uñas y la carne sangraban el índice, el medio y el anular.  Él liberó su mano derecha y la extendió para mirarla y enseñarla al tiempo a su profesora: sus índice, medio y anular sangraban también.  Ella lo miró a los ojos y sintió deseos de besarlo en la boca, meterle la lengua hasta la garganta y calmar sus dedos entre los testículos calientes.  Él podía sentir su dolor y sangrar sus heridas.

Unknown / Author & Editor

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